San Virila y Einstein

San Virila es un santo aragonés  nacido, entre los años 870 – 880,  en la villa de Tiermas (Zaragoza); lugar que hoy permanece anegado por la construcción del pantano de Yesa. De pequeño fue pastor de los rebaños y sentía una viva inclinación hacía el cercano monasterio de Leyre, que visitaba con frecuencia. Un día acudió al abad pidiendo ingresar en él, a lo que el abad Sánchez, accedió y Virila inició el periodo de prueba hasta obtener el ingreso. Su comportamiento fue ejemplar hasta el punto de que en el año 920 (ó 928) lo eligen abad. Allí tuvo una actuación destacada interviniendo unas veces  por sí mismo y otras en colaboración con el obispo de Pamplona, en los asuntos políticos en los que se distinguió por su actuación en pro de la paz.

Meditaba frecuentemente, un materia que le preocupaba, era la relación entre el tiempo y la eternidad. En la lectura sacra había escuchado el salmo que dice: “Porque mil años a tus ojos son como el ayer, que ya pasó, como una vigilia de la noche.” (Salmo 90:4). Le gustaba pasear por el campo en donde rumiando sus preocupaciones. Sucedió un día, cuando se hallaba en esta situación, oyó el canto de un pajarillo, era tan delicioso que quedó extasiado. Al volver en sí inició el regreso al monasterio, encontrando algunas dificultades. Encontró un edificio mucho mayor que el que conocía, llamó y apareció un monje con hábito blanco del Císter (Virila llevaba el negro de los benedictinos), no conoció a los mojes, ni ellos a él. Se presentó como el abad Virila, se  investigó en la biblioteca donde apareció un escrito que citaba al Virila, desaparecido del monasterio desde hacía trescientos años. Había vivido extasiado, en un pequeño espacio de su tiempo, un intervalo de 300 años de los demás.

Esta tradición trae a la memoria las investigaciones del creador de la física moderna, Einstein. A comienzos del siglo XX, la Física se encontraba en una situación ilógica, las observaciones de numerosos fenómenos estaban en contradicción con los cálculos de la teoría. Ante esta situación, Einstein revisó los conceptos admitidos por la ciencia llegando hasta las dos magnitudes primarias: el espacio y el tiempo. Dedujo que los conceptos de estas magnitudes son intuitivos y considerados con valor absoluto. Esto no respondía a los resultados de las últimas experiencias y para adecuarlos a ellas hubo de admitir que espacio y tiempo son relativos al observador, de ahí el nombre de teoría de la relatividad con que se conoce su trabajo. Deduce que los valores del espacio y tiempo dependen del sistema de referencia respecto al que se miden con lo que se llegan a situaciones inexplicables para la ciencia clásica. Como ejemplo de las consecuencias derivadas de esta teoría Paul Langevin diseñó un experimento ideal, conocido como el viajero de Langevin, es éste: Un viajero abandona la Tierra con una  velocidad de 15 km./segundo. Transcurrido un año da media vuelta y vuelve a la Tierra. Su reloj y calendario señalan que han pasado dos años de su tiempo. Pero en el tiempo de la Tierra han transcurrido dos siglos.

No podemos dejar de relacionar ambos casos.

J. Osácar

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