Triunfo…¡cuánta vulgaridad!

Soy enemigo de ese estéril y doloroso sentimiento llamado nostalgia, pues a nada conduce la añoranza por lo vivido, por lo fenecido. Atesoremos, pues, los buenos recuerdos como joyas a lucir en muy especiales ocasiones. Por el contrario, muestro mucha inclinación a la evocación de hechos, de situaciones, no sólo gratos, sino también irrelevantes en el instante de su acaecimiento, pero que, contemplados a la luz de nuestros nuevos hábitos, nos invitan a una serena reflexión sobre vocablos actualmente usados, en mi opinión, con una gran ligereza.
Así, en los años setenta, disfruté de una serie televisiva de la que recuerdo algunos episodios, no cuál fuera su título, ni quién el autor de un guión tan inteligente, tan ameno. No he olvidado que una de las protagonistas era Amparo Soler Leal quien, en uno de los capítulos, rememoraba un sabio consejo de su abuela: “Cualquier esfuerzo es bueno para salir de la mediocridad”. Hoy, los medios de comunicación y, especialmente, la televisión, se hacen eco de un anhelo de nuestra sociedad: el triunfo, aunque haciendo caso omiso del esfuerzo como loable virtud para zafarse de la vulgaridad, como modo de alcanzar un refinamiento personal, social y –no lo olvidemos, pues es lo más importante- intelectual. Por desgracia, el triunfo es entendido, actualmente, como la fácil ascensión de quien, a pesar de su ordinariez, alcanza las cimas de la vanidad y del oropel, porque, no nos engañemos, triunfa quien viste ropa de marca, conduce un automóvil carísimo o frecuenta ciertos restaurantes donde presume de sus dotes de enólogo (prefiero la palabra vinatero) olfateando una copa de vino o enjuagándose la boca con uno de esos “suculentos caldos”. En fin, pavoneándose, jactándose, ese advenedizo, ese patán, es aplaudido, es admitido en los que, por norma, deberían ser los más selectos y estrictos círculos sociales, pues, recordémoslo: es un triunfador.
Hago estas consideraciones a raíz de la lectura, durante mis vacaciones veraniegas, de un hermoso relato de la norteamericana Willa Cather escrito en 1.920: “El caso de Paul”. Paul es un joven estudiante, empleado en sus horas libres como acomodador del Carnegie Hall de Nueva York, un chico fascinado por la distinción, por la elegancia de los artistas que actúan en ese escenario, siguiéndoles a escondidas, después de cada función, hasta la puerta del lujoso hotel donde se alojan. Paul detesta la vulgar y dorada medianía de su familia, de sus vecinos, de su escuela, sirviéndose de la música escuchada en el escenario del Carnegie Hall como un resorte para el ensueño de un mundo de refinamiento que, por su nacimiento, por su posición, le están vetados. Paul es expulsado de la escuela, es despedido de su trabajo, será empleado en una empresa donde perpetra un desfalco que le permite, durante un fin de semana, vivir como un caballero en el hotel Waldorf Astoria. Después se suicida arrojándose a la vía del tren.
Me aterra la conducta de Paul, un pobre mozo perdiendo el tino a la caza, en pos de un sueño: huir de la ramplonería de su ambiente, ser diferente, conocer los secretos de la elegancia, del refinamiento, la delicadeza de sus modos, el tono de sus buenas formas. Paga por ello un precio muy caro; nada menos que con su vida. Pero el deplorable comportamiento del muchacho tiene una circunstancia atenuante: no ha sido vanidoso, puesto que ha disfrutado de su efímera gloria en la más absoluta soledad, sin alardes, sin jactancia, sin la compañía de un adulador susurrándole al oído: “Paul eres un triunfador”.

Julio Cristellys

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