Pavarotti…voz, voz y más voz

La muerte de Luciano Pavarotti no supone la pérdida irreparable de un artista mediático. Se va con él toda una época de la lírica. Al igual que toda una época del cine se marchó con Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni, dejándonos huérfanos a la generación nacida a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta. A los que siempre amamos por igual el cine y la ópera. En el caso del signore Luciano se acabaron los sueños. La historia romántica –y neorrealista- de un hombre de procedencia humilde, que jamás aprendió a leer una partitura, que cantaba siendo niño imitando a su padre en una panadería de Módena… y que llegó a ser el tenor más carismático de la segunda mitad del pasado siglo. Pavarotti habitaba hace años en el Olimpo de los dioses del canto, y ahí permanecerá al lado de Mario, Rubini, Caruso, Fleta, Schipa, Gigli, Melchior, Björling, Mac Cormack.., hasta que –esperemos que no suceda jamás– el fútbol mate cualquier tipo de arte y cultura para solaz del occidente globalizado.

Pavarotti vivió intensamente, embarcándose a veces en aventuras que quizás popularizaron la lírica – no lo creo– pero fijaron en el inconsciente colectivo de millones de personas su oronda figura, su pañuelo de seda, sus brazos abiertos y el timbre de voz mas impresionantemente bello que se haya escuchado en todo un siglo; eso sí dentro de los parámetros de la “italianitá y la “morbidezza”. Una voz soleada refulgiendo en el Mediterráneo que era un lujo para el canto, aunque tantas cosas se le puedan discutír. Fijemos posiciones: Pavarotti no ha sido el mejor tenor del mundo en ningún caso y no hay contradicción en ello.

Lucianísimo empezó como tenor ligero, y saltó a la fama gracias al olfato musical de la pareja formada por la gran soprano australiana Joan Sutherland (el Ateneo la homenajeó este año en su ochenta cumpleaños) y su esposo, el director de orquesta Richard Bonynge, grandísimo catador de voces y que al escucharle pensó, y razones no le faltaban, que había encontrado al mejor tenor belcantista posible. En efecto, Pavarotti fue siempre un lírico -ligero– al igual que nuestro eximio Alfredo Craus, dotado de una técnica vocal inalcanzable para el italiano, pero con un timbre a años-luz del modenés-, ideal para los Donizetti o Bellini, no tanto para Rossini (salvo en su postrera obra “Guillermo Tell”) que exigía una facilidad en las agilidades que ni uno ni otro tuvieron. Sí las tiene el nombrado por el gran Luciano como sucesor y príncipe heredero: el peruano Juan Diego Flórez. Veremos el justiciero dictamen del tiempo, aquel que nos desgasta incesante como decía Borges.

La voz era extremadamente luminosa, con graves mediocres, agudos magníficos y una media voz exquisita, con suficiente capacidad para apianar. El fraseo desigual y especialmente malo en los recitativos. La capacidad dramática inexistente. Pavarotti en el escenario –no se olvide nunca que la ópera es teatro cantado– era una inmensa mole de torpes movimientos, con la expresividad de un Buster Keaton de ciento y pico kilos. Por ello sus mejores prestaciones fueron siempre en recital y, por supuesto, en disco. Como tantos divos y divas cantó roles que no le iban en absoluto: Radamés en “Aida”, el protagonista de “Don Carlo”, el del “Idomeneo” mozartiano”. Lo suyo fue Nemorino en “L’elixir d’amore”, Tonio en “La fille du regiment”, Ernesto en “Don Pasquale” (Donizetti), Arturo en “Los puritanos” (Bellini), Cavaradossi en “Tosca” y Calaf en “Turandot” (Puccini) y, a pesar de los imponderables del físico, un inolvidable Rodolfo en “La bohème” que cantó y grabó innumerables veces, con partenaires tan distinguidas como su vecina modenesa Mirella Freni, Renata Scotto, Montserrat Caballé, Raina Kabaivanska …Y las canciones napolitanas en las que no tuvo rival.

La voz dorada era italiana, de Módena como el célebre vinagre. Los equipos de reproducción visuales y sonoros pueden reírse, y él con ellos, de la terrible Parca. Luciano Pavarotti: una furtiva lágrima. Hasta siempre.

Luis Betrán Colás

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