Hékabe

El pasado 30 de enero y con el título “Hékabe: un poema mítico que canta a la vida”, se celebró en nuestra ciudad un acto singular e infrecuente como es la lectura de un hermoso y erudito poema –Hékabe- por el autor de sus versos, el escritor zaragozano Fernando Burbano, quien, concluida su declamación, expuso las claves literarias de su nueva obra.
Como dice Fernando, es su creación un metapoema, una original interpretación del mito homérico de la esposa de Príamo, rey de Troya, ambos padres de Paris, el raptor de Helena.
El poema, una composición de 261 endecasílabos dividida en cinco partes (“Del principio”, “Yo, la Perra”, “De los nombres significantes”, “Troylo” y “Y coda lírica”) comienza: “De Talía voz, de Melpómene eco;/ me llamo Hekabe, me digo Hékabe.”, pues la mujer, la esposa, la reina, la madre, es la cronista de su pasado (“Arribamos a Troya en pleno invierno,/ a tiempo de proclamar el nuevo año.”) y la narradora de su presente (“Príamo duerme. Yo miro la Luna,/ la Nueva Luna que enciende mi vida”,), pero ignora el funesto presagio que acecha su ciudad (“La nave toca puerto, Paris baja/ a tierra con una hermosa mujer…/Helena de Esparta… Casandra grita…”).
Oímos el canto de una soberana, Hékabe la Perra (“Tal vez fue un error contar el suceso,/ pues a partir de entonces me llamaron/ Hékabe la Perra. No importa nada,”), poderosa no por su cetro, sí por la sabiduría manante de su terrenal femineidad (“Nunca les revelaré mi secreto:/ que años y más años de observación/ hacen de los pastores de mi casa/ las mejores comadronas del mundo/ helénico…”) y de su dotes, cual una hechicera, para interpretar los sueños (“y les relaté una vieja experiencia/ cual que sueño: cómo, cohabitando/ dos viejas perras preñadas, parió/ una antes que la otra: ésta no duda/ en devorar los cachorrillos ciegos/ de la recién parida y compañera.”)
Hékabe, la madre, se esmera escogiendo nombre de sus hijos, cada uno con su significado (“Héctor, puntal, columna del ejército”, “Paris, el zurrón”, “Casandra, la que enreda a los hombres”, Troylo, troyano de Ilión”), pero, como nos apunta Fernando, la reina, no nos revela el secreto del suyo, aunque no esconde su pavor por las batallas (“… Me gustan los héroes/ en los cantos de los poetas. Nunca/ en mi familia. Siempre mueren jóvenes.”), si bien comparte con Príamo, su esposo, su confianza en la imbatible Troya (“…Príamo/ reía silencioso tras sus barbas;/ conocía sin duda la función/ de Troya viva en el mundo real.”).
No son los versos el himno de una heroína, no, es mucho su apego a la vida (“… Canto a la vida llena,/ a la viva esperanza vigilante,/ silencioso cantar que desdibuja/ ruiseñor y oración que me descansa.”), a la propia y a la de su familia (“Híncase el mote: soy la perra Hécabe;/ la perra, sí, ¡y cómo morderé/ si el ataque amenaza es a los míos!”), aunque, como nos desvela Fernando, Hékabe significa “moviéndose en la lontananza”, un brumoso ideal, apenas percibido, por siempre inasible, “Hékabe, hékabe, Hékabe, hékabe.”

Julio Cristellys

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