Primer centenario en 2008 del nacimiento de Pablo Serrano, un escultor turolense venido de Uruguay

Dedicado a Mario Rubio, SDB.

Pablo Serrano Aguilar nacido en Crivillén (Teruel) en 1908, fue el mayor de cinco hermanos. El padre, veterinario de esta localidad,  vino con toda la familia a Zaragoza en busca de un mejor futuro. Las primeras enseñanzas en nuestra ciudad las recibió Pablo de los Escolapios y, sobre todo, de su abuelo paterno que trabajaba como maestro carpintero en el Hospicio (Hogar Pignatelli) de la Diputación Provincial, donde tenía su propia vivienda. Aquí y en los talleres, que el gran artista aragonés elegiría en 1985 como sede de su Fundación-Museo, pasaba muchos días jugando y aprendiendo, hasta que en 1920 ingresó en las Escuelas Profesionales Salesianas de Sarriá (Barcelona).

En este homenaje particular que dedico a este gran artista aragonés, decirles que, durante los ocho años que duró su internado, recibió una completa formación profesional como escultor. En 1929, como religioso profeso, prefirió optar por prestar sus servicios a la comunidad salesiana en un país de misión. Su primer destino americano fue Rosario, Argentina, donde permanecería hasta 1934, como profesor de talla en la Escuela Profesional Salesiana de San José, dejando bastante obra artística, entre la que destacan las puertas de bronce de la cripta de la iglesia de este centro. Al año siguiente, no renovó sus votos religiosos y, en su condición de laico, marchó a Montevideo, donde con el mismo cargo ejerció en las Escuelas Profesionales Salesianas de esta capital de un país que vivía tiempos muy prósperos.

En 1938 se casó con María Lucía Real y nació, un año después, su hijo Pablo Bartolomé. Con un gran prestigio ganado, en su Taller de Arte Religioso trabajó incansablemente para poder cumplir con todos los encargos de esculturas destinadas a iglesias y conventos de todo Uruguay. Hasta 1955, Serrano estuvo presente en las mejores galerías sudamericanas –no sólo con obras religiosas- y recibió los más importantes premios artísticos. En 1939 lideró el grupo Paul Cézanne, introductor en América del Sur del arte de vanguardia en Europa.

Nacionalizado uruguayo en 1941, vino a España en 1955 representando a Uruguay en la III Bienal Hispanoamericana de Arte, en Barcelona, obteniendo el primer premio con el busto-retrato de Joseph Howard. En 1956, se instaló definitivamente en Madrid, no sin ser recibido en su pueblo natal en olor de multitud. En esta época conoció la personalidad y las obras de Oteiza, Chillida, Chirino y Julio González. Participó en el grupo El Paso y viajó por toda Europa para completar su formación artística. En el Ateneo de Madrid, expone 43 obras en una muestra que será  itinerante por toda España, entre ellas, el busto-retrato de Camón Aznar, valedor en Aragón de Serrano. Durante treinta años, hasta su fallecimiento, esculpió la colección de “Bustos-retrato”, destacando los de Ramón y Cajal, Antonio Machado, Miguel Labordeta, José Luis Aranguren, Luis Gómez Laguna o Camilo José Cela, que le hicieron estar en la vanguardia de la escultura contemporánea. Por toda España, se pueden contemplar además sus esculturas monumentales, por ejemplo, las dedicadas a Pérez Galdós, Unamuno o Indalecio Prieto o la que se puede verse estos días ante la fachada de la sede principal de Ibercaja,  Homenaje a la mujer labradora, que habitualmente se ubica en Teruel. Destacamos aquí las entrañables de San Valero y el Ángel de la Ciudad, de la puerta principal del Ayuntamiento de Zaragoza, o el altorrelieve de la Venida de la Virgen del Pilar, de la fachada sur de nuestra Catedral-Basílica.

Le han dado fama mundial sus colecciones “Hombres-Bóveda”, “Unidades-Yunta” y “Panes compartidos”. Ganó múltiples premios en certámenes artísticos y recibió, entre otros galardones,  la Medalla de Oro de Zaragoza, el Premio Príncipe de Asturias, ambos en 1981, y en 1984 se le concedió el Premio Aragón a las artes. Falleció el 26 de noviembre de 1985. El féretro de este aragonés universal salió de su residencia, en la Castellana, portado a hombros por vecinos de Crivillén que lo condujeron al cementerio de San Isidro.                                                                                                                                                                                                                                                                         

Dra. María Isabel Yagüe

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