Dos damas, dos ancianas

Tras la visión de la película “Elsa y Fred” de Marcos Carnevale, después de leer la novela “Toda pasión apagada” de la escritora británica Vita Sackville-West, y recordando a las mujeres protagonistas de cada una, me he afirmado en mi idea de que la vejez, aunque ligada al declive del cuerpo, debe sentirse como la culminación de la Vida.

Es Elsa una alocada y extravagante anciana, que sueña con bañarse una noche en la Fontana di Trevi, tal como aparecía Anita Ekberg en “La Dolce Vita” de Fellini. Elsa logra su sueño. Ya sólo le resta morir.

 La heroína de “Toda pasión apagada” es Lady Slane –su nombre es Deborah–, una dama de ochenta y ocho años, aún hermosa y muy distinguida, viuda de lord Slane, un antiguo virrey de la India y un antiguo premier británico. Muerto lord Slane, sus seis hijos se inquietan por su madre, puesto que su renta es algo exigua (¡Qué paradoja, después de los cargos que su marido había ocupado! ¿Ocurriría hoy lo mismo?). Lady Slane sorprende a sus hijos, pues quiere hacer su vida y regodearse en su vejez, alquilando una sencilla casa en Hampstead, sin otra compañía que una vieja doncella francesa y una asistenta para realizar, dos veces por semana, las más arduas tareas domésticas. En su juventud, Deborah, de casada lady Slane, quiso ser pintora, un anhelo a nadie revelado. Se lo impidieron su ventajoso matrimonio, el cuidado de sus seis hijos y, por supuesto, su reputación de intachable esposa de un insigne hombre de estado. Lady Slane, vieja y viuda, a diferencia de Elsa, ya no quiere hacer realidad su sueño, porque aquel sueño ha sido sofocado por otro: el goce de su ancianidad.

Mientras la insensata Elsa se las ingenia para seducir al taciturno Fred, lady Slane se rodea de tres ancianos: mister Bucktrout, su casero, mister Gosheron, un sencillo contratista de obras, y mister Fitzgeorge, un rico coleccionista de obras de arte, mísero como un mendigo, que la ha instituido como su heredera universal. Lady Slane renuncia a la herencia en beneficio de los museos que andan al acecho del legado artístico.

Elsa, ignorando los achaques de su edad, se refugia en su estrambótico capricho, le da la espalda a la Muerte, y la Muerte le atrapa. Vieja como es, se muestra adorable. De joven, la imagino algo atacante e insoportable. Al menos, eso dice uno de sus dos maridos.

Por el contrario, la discreta lady Slane ha plegado su vida al progreso de la carrera política de su marido y a la educación de sus niños, pero, viuda, ese título de lady Slane estorba a esta insigne dama. La viuda lady Slane ha optado por ser, de nuevo, Deborah y para ser Deborah no precisa coger los pinceles que nunca tuvo en la mano, ni buscarse un amante, ni tampoco hacerse con mucho dinero o eludir el aliento de la Muerte. No, Deborah pasea por los bosques de Hampstead, acepta, casi disfruta, de sus achaques, y cuenta con la tertulia de unos nuevos amigos. Deborah, lady Slane, muere después de que su bisnieta, de nombre Deborah como su bisabuela, le confíe la ruptura de su compromiso con un rico aristócrata en aras de una pasión: la joven quiere ser músico. Lady Slane no se ha bañado en la Fontana di Trevi, bastándole con acariciar el cabello de su bisnieta para, esa misma noche, recibir, como si una amiga fuera, a la Muerte, mientras la dama dormida estaba con un libro en su regazo, tal vez un poemario a la vida, al amor.

Elsa es divertida pero irritante, artificiosa. El temperamental estoicismo de lady Slane me conmueve. Qué no hubiera dado este articulista por ser uno de sus contertulios.

 

            Julio Cristellys

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