Viudas impresoras y editoras

En el siglo XIII europeo, algunos gremios concedían a una viuda los mismos derechos que a los miembros masculinos. En la centuria siguiente, en Colonia (Alemania), las mujeres continuaron el oficio de sus maridos como zapateras, curtidoras, peltreras, caldereras, herreras, tintoreras, tejedoras e impresoras.

En el siglo XVI, en Estrasburgo (Francia), y en el XVII en Londres, las viudas heredaban de sus maridos tanto las imprentas como la tarea de editor. De 1533 a 1640, casi el 10 % de los editores londinenses eran mujeres que ejercían también de encuadernadoras y vendedoras de libros.

En la citada ciudad francesa, Margarethe Prüss, enviudó dos veces de dos impresores y en su taller de imprenta aprovechaba para publicar, en 1534-35, panfletos anabaptistas.

De forma paralela, en tierras aragonesas, Juana Millán, sucede en 1536, a Pedro Hardouyn, que aprendió el oficio en el taller de Jorge Coci (1499-1536), impresor alemán afincado en Zaragoza, y en 1548 sucede a su segundo esposo el impresor Diego Hernández; ella publica, entre otras obras, Historia de la doncella Teodor, de Alfonso Aragonés.

El trabajo de impresión de otro discípulo de Coci, Bartolomé de Nájera, fue continuado desde 1562 por su viuda y de sus planchas salen trabajos tan fundamentales como Obras del excelentísimo poeta Aussias March, Cancionero de Jorge de Montemayor, y sobre todo, en 1565, la edición de la obra del médico sardo Juan Tomás Porcell, Información y curación de la peste, obra que representaba la aportación española más importante al estudio de la peste por estar basada en la experiencia directamente vivida por el autor, durante la epidemia de peste de Zaragoza, en 1564.

La Enciclopedia Aragonesa recoge, en la voz IMPRENTA, un total de once viudas al cargo de sus propios talleres, en todo Aragón. En el resto de nuestra Península, hemos encontrado otras mujeres ejercientes de esta misma profesión de las que aquí sólo mencionamos, en Madrid, a la viuda del aragonés Joaquín Ibarra (1725-1785), -el mejor impresor en Europa de todo el siglo XVIII-, que se tuvo que poner al frente de una empresa en la que trabajaba un centenar de personas, entre ellas los mejores profesionales de España y que daba trabajo a otras tantas entre fundidores, fabricantes de papel y encuadernadores.

En Barcelona, a principios del siglo XIX, de la prestigiosa imprenta propiedad de la viuda Tecla Pla, surge Francisca Verdaguer que competía, en el oficio de cajista, con los mejores oficiales catalanes. Durante la invasión napoleónica, era responsable de la imprenta itinerante de la Junta de Defensa de Cataluña. La señora Pla la nombró su heredera, pasando a ser la propietaria de este taller que, con su inteligencia y su gran capacidad de trabajo, supo modernizar y ampliar.

Dra. María Isabel Yagüe

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