“Delirando” de Luis Basurte

¡Entra… no te detengas! ¡Arranca mi vida de nieve y mi gloria de barro! Sabes que, cuando desengañados de ver que la riqueza, la gloria y la fama nos quita corazón, entonces sólo a ti se te ama. Eres la gran verdad. Ven, pues, y no te detengas. Dame tu único abrazo… pero antes contempla y ríe conmigo la necedad de todos aquellos que allí ves. Se disponen a conquistar aquello que puede hacerles llorar. Ríe conmigo de ver tanto necio que trata de imitar mi irremediable locura. Verles es recordar. Con histérica vanidad y en alas de la ambición se disponen a volar con rapidez, subir muy alto y ser los primeros en llegar a mi altura. ¡Este sitio —desgraciados—es para ellos lugar de felicidad! Eso creen porque siempre miraron mi rostro hipócritamente alegre, mas nunca mi amargado corazón… Fíjate: tratan de emprender el vuelo, pero el vuelo es lento y dificultoso porque llevan puestas las pesadas vestiduras de la verdad, la sinceridad, de la nobleza y honradez. Ellos lo saben y se despojan de ellas. Ahora están desnudos y esta desnudez es aplaudida por la mayoría. Se remontan con extraordinaria rapidez, pues todos quieren ocupar los primeros puestos, y en su vanidad y egoísmo sin límites luchan todos como fanáticos enloquecidos.
Amparados por las tinieblas y animados por un mundo ignorante y pusilánime que se refugia en una santa prudencia —que ni es santa ni prudente, sino la coartada de la cobardía— destruyen en su vuelo todo lo que hay de hermoso y santo. Son los nuevos “Eróstratos” que no piensan, que no creen, que no aman, que no saben, y no obstante van dejando por doquier la insepulta carroña que otros hombres —aún más necios— se disputan a zarpazos como buitres… Observa cómo en sus luchas consiguen los más atrevidos trofeos de fama y riqueza que, paradójicamente, van dejando en sus corazones tristeza y sufrimiento. Ignoran que la verdadera felicidad no está en lo exterior, sino en el interior de los corazones. Repara ahora cómo los más victoriosos asoman a sus rostros muecas de espanto. La altura es siempre un peligro. Más se sufre por el temor de caer, que por el deseo de subir. ¡Desgraciados! Me entran ganas de gritarles ¡locos!, ¡necios! y desengañarlos… pero sería inútil.
Solo cuando, como yo, lleguen hasta aquí, y se encuentren contigo, y contemplen tu estoico rostro cerca, muy cerca… entonces comprenderán que la gloria de la fama es, casi siempre, sólo un espejismo y la riqueza una prisión.

Tu rostro, el rostro de la Muerte, es lo único que a los hombres como nosotros nos hace ver claro y diáfano; pero entonces ¿quién retrocede?

Luis Basurte

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